Amigos lectores:
I.
Es de esos ensayos que remueven. Que se quedan y sobrevuelan. Este es mi pronóstico: en segundas y terceras lecturas arrojará nuevos frutos. No hay gratuidad, sino celo, mesura y pensamientos que avanzan hacia su objeto. El ensayo de Israel Centeno se titula El punto inmóvil: Eliot ante Dios. Lectura de los Cuatro Cuartetos, el autor se acompaña de Simone Weil, Edith Stein, Dante, San Juan de la Cruz y Agustín de Hipona para abordar un texto fundamental de la poesía del siglo XX, siempre desafiante: “En lugar de discutir, levanta una arquitectura de imágenes: jardín, aldea, mar, invierno, fuego. A través de ellas se mueve la luz de la tradición cristiana –Agustín, los profetas, los evangelios, los místicos–, pero esa misma luz recae sobre un siglo muy concreto: el Londres bombardeado, una Europa que ya no cree en sus propias promesas, un lenguaje desgastado por la propaganda y el tecnicismo. Los poemas nunca son abstractos. Están escritos con el rosario en una mano y la guerra en la otra». Páginas 1 y 2 (Vasco Szinetar me envió el enlace que sigue, donde puede escucharse a T. S. Eliot leyendo sus Four Quartets: https://www.youtube.com/watch?v=Ga8tQrG4ZSw&t=58s).
II.
Banesco ha puesto en marcha un programa educativo y editorial, Clásicos venezolanos, cuya primera etapa ofrecerá 20 unidades. Cada ‘unidad’ la conforman un libro en formato digital (disponible en la web de Banesco), un ensayo de Milagros Socorro que presenta al autor y la obra, más una charla pedagógica en video dictada por un especialista en la obra. Son pertinentes para estudiantes, docentes y personas que llevan consigo el anhelo de sumar bienes al espíritu.
III.
Los cinco primeros títulos de Clásicos venezolanos: Mario Briceño Iragorry (Mensaje sin destino), María Calcaño (Canciones que oyeron mis últimas muñecas), Salustio González Rincones (Textos escogidos), Teresa de la Parra (Ifigenia) y José Antonio Ramos Sucre (Las formas del fuego).
IV.
En las páginas 3 y 4 reproducimos el ensayo de Milagros Socorro dedicado a Ramos Sucre: “La poesía de Ramos Sucre es vanguardista, denominada así porque rompe con la tradición. Nuestro autor no solo se apartó de las formas poéticas al uso a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, al optar por la prosa poética y su consiguiente libertad métrica, sino que instauró un lenguaje innovador –que no ha dejado de serlo– y, lo más notable, abordó asuntos tan contemporáneos como la soledad, la angustia existencial y la búsqueda de sentido en un mundo que quizá no lo tenga”.
V.
Pero el homenaje a Ramos Sucre todavía tiene un capítulo más en esta edición, a cargo de Alba Rosa Hernández Bossio, su biógrafa y una de sus mayores estudiosas, quien escribe, a propósito de Los cien años de La Torre de Timón: “Fue en 1910, luego de su grado de bachiller el 1 de octubre, cuando Ramos Sucre viajó desde Cumaná, su “idolatrada Jerusalén”, a Caracas la ciudad donde vivirá precaria y provisionalmente de pensión en pensión como para irse, a París, según su deseo. Traía renombre de sobresaliente en idiomas y estudios, venía de una familia ilustrada (historiadores, docentes, latinistas), y otra de militares (su madre era sobrina nieta del Mariscal de Ayacucho)”. Página 5.
VI.
Por muchas razones, Ser en cuerpo es un libro peculiar. Lo es porque su creadora incursiona en la poesía, luego de una decisiva trayectoria como figura central de la danza contemporánea, maestra del cuerpo, coreógrafa, bailarina, directora de agrupaciones y ensayista. Lo es porque su libro escenifica una profunda conexión entre sus poemas y los dibujos del político y profesor universitario Eduardo Pozo, fallecido en 2019. Y lo es porque la edición, limpiamente diseñada por Gisela Viloria, invita a leerlo y verlo, y hacerse cargo de las correspondencias que fluyen entre poemas y dibujos.
VII.
De Ser en cuerpo escriben:
José Balza: “Cinco movimientos (secciones) posee este libro. Su excelente diseño (papel, tono, formato cuadrado) permite que cada página –cada texto– corresponda con un sugerente dibujo del artista Eduardo Pozo (1940/2019); así lo expresivo en la escritura parece reflejarse o provenir de una indirecta imagen. También en este caso, aunque las armonías puedan ir desde el rojo y el verde puros y no tarden en matizarse con ocres y grises, sus atmósferas imponen sobriedad tonal. Dibujos acentuados o tamizados por el atento fulgor de las líneas y las sombras”.
Y Alidha Ávila: “Lo que sí es una novedad para mí y no sé si para ustedes, es su obra poética, en la que, como no podía ser de otra manera, indaga en su cuerpo, ese territorio que ella ha asumido como el poema que nunca dejamos de escribir y del que conoce hasta sus más íntimos secretos, para brindarnos una visión inédita de esa materia que somos, de sus verdades ocultas, su grandeza y su miseria, su erotismo sin límites, su realidad real e imaginaria”.
Páginas 6 y 7.
VIII.
Escribe María Antonieta Flores: “Cuando leí el poema Afterparty que cierra este libro de Isabel Teresa García, imaginé un lugar amplio con la calidez de la madera y el otoño, una mesa con copas vacías o con restos de un vino tinto profundo y los platos con señales de una comida opípara. Sentí el vacío que dejó el ruido de las conversaciones, de la música y el silencio adentrándose en cada rincón. La desolación después del bullicio. Cierta melancolía por la pérdida de un mundo de celebración e ilusión, un tanto frívolo, un tanto sensible”. Dice Afterparty:
a carcajadas/ se habían marchado/ dejando los paraguas/ y las horas en suspenso// a pesar del diluvio// con el cuerpo zurcido de adioses/ comenzamos a nombrar lo invisible// relatábamos el mundo// la luz se hacía en nuestros ojos/ a fuerza de mirar/ la noche
El ensayo de Flores, Después de la fiesta, nos habla de Exilios (El Taller Blanco Ediciones, 2025), poemario de Isabel Teresa García, poeta y traductora venezolana residenciada en Suiza. Viene también una selección de poemas del libro. Página 8.
IX.
El alumno de la ventana (Dcir Ediciones, 2025), es el más reciente poemario de Rubén Darío Carrero. Escribe Néstor Mendoza: “Al leer El alumno de la ventana encuentro una tipología del hombre, del padre y del poeta. Un tipo de ser, en un sentido primario: que busca un lugar y un sentido en el poema. Esa búsqueda, desde luego, también es una pregunta: ¿quién soy en el poema? O más bien, quién es Rubén Darío en el poema. Porque sin duda el autor sigue siendo él en el poema, independientemente de las intenciones de la voz lírica. Sin caer en un biografismo explícito, se perciben las grietas de lo que se vive, el pensamiento que se genera en un encierro voluntario”. También aquí la presentación viene acompañada de poemas escogidos del libro.
X.
Trae la página 10 poemas de Mario Amengual -poeta y novelista- y de Saúl Figueredo -joven poeta y traductor venezolano residenciado en Argentina-. Copio aquí los cuatro versos de Condominio, poema de Amengual: “En estas tres alas de ocho pisos/ he podido comprobar/ la paz de la indiferencia/ y los muchos apellidos de la banalidad”. A continuación, copio los seis primeros versos de uno de los poemas de Figueredo reproducidos hoy: “La mano que me hiere me preserva. / De ella soy presa. De ella me resiento, / quebrada, cuando cruje el esqueleto // (con pausas dolorosas), cuando el pulso / (que obtengo de ella) y la respiración / a contratiempo, dura batería, (…)”.
XI.
Hijo de tigre, siempre será una amenaza: así se titula el texto que Pancho Crespo Quintero dedica al recuerdo del poeta, narrador y ensayista Eduardo Zambrano Colmenares (1935-2018): “En 1973 publica Hijo de tigre (Colección Letras de Venezuela, UCV), con el que recibe el Premio de la Bienal de Poesía de la UCV. Este poemario también es muy bien recibido en el medio literario, consolidando su valor e importancia (y su bravura) en el país. En “Los poetas”, texto de este libro, dice… “En realidad los poetas son la cosa más absurda del mundo”. Página 11.
XII.
Por últimos, tres columnas, agrupadas en la página 12:
Tahía Rivero sobre la artista Magdalena Fernández: “Su vasta obra creativa se ha delineado y expandido mediante una constante y rigurosa experimentación que podríamos afirmar, comprende un discernimiento racional y esencialista, así como el reconocimiento de lo humano y lo lúdico”.
Mirla Alcibíades nos cuenta de Rudolf Dolge: “Todo indica que llegó a Venezuela en 1896. Se llamó Rudolph Dolge. Había nacido en Nueva York, pero no vaciló al nacionalizarse venezolano. Vivió en Caracas en el sector que hoy sirve de antesala al Panteón Nacional, La Biblioteca Nacional y el Archivo General de la Nación”.
Sobre el tiempo que Andrés Bello estuvo en Londres, escribe Juan Pablo Gómez Cova: “Partir al extranjero, en una misión diplomática concebida para unas semanas, y quedarse encallado dos décadas debe ser una experiencia muy turbadora. Fue lo que le ocurrió a Andrés Bello en Londres. En calidad de traductor, llegó acompañando a Bolívar y López Méndez en julio de 1810. La Junta Suprema de Caracas les había encomendado el trámite de convencer al gobierno británico: ganarlo para la causa emancipadora”. Y sigue.
XIII.
Les dejo aquí un par de frases del ensayo de Israel Centeno: “Cuando el poema termina y hemos recorrido sus estaciones, no nos quedamos con un sistema cerrado ni con una teoría definitiva sobre Dios y el tiempo. Lo que queda es una disposición del corazón”.
Nelson Rivera.




