La 54a Feria del Libro de Málaga abrió sus puertas este 30 de abril y permanecerá hasta el 11 de mayo, extendida a lo largo del Paseo del Parque, la espléndida avenida malagueña cobijada por frondosos árboles. Para esta nueva celebración del libro, el escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón ha recibido el honor de haber sido invitado a ser su pregonero, después de todo, además de su destacada obra y los reconocimientos que ha recibido, es la ciudad que ha ido haciendo suya desde que llegó, para instalarse, en 2019.
Traemos para nuestros lectores el Pregón de Rodrigo Blanco Calderón, no duden en disfrutarlo:
El pregón de Málaga
Por Rodrigo Blanco Calderón
El 31 de julio de 1999, cuando cumplí 18 años, mi madre me regaló un ejemplar de Los detectives salvajes. Ese mismo día fui a la librería Lectura, que quedaba en el sótano del Centro Comercial Chacaíto, en Caracas. Roberto Bolaño, que acababa de ganar el Premio Rómulo Gallegos, estaría allí firmando libros. Fui, conversé unos minutos con Bolaño y en mi ejemplar de su novela me puso la siguiente dedicatoria: «Para Rodrigo Blanco, joven y escritor, es decir, con todo a favor y con todo en contra, esperando que estos detectives no le desagraden del todo».
Llegué a mi casa, me encerré durante tres días y al terminar de leer la novela, ya era otro.
El 15 de julio de 2003 murió Bolaño. Al año siguiente comenzaron a publicarse sus obras póstumas, entre ellas, la recopilación de sus artículos titulada Entre paréntesis. Ese libro contiene «El discurso de Caracas», leído cuando recibió el Rómulo Gallegos, y «El pregón de Blanes», leído en ocasión de las fiestas de ese municipio al que Bolaño llegó en 1985 y que terminó siendo su último hogar. Ambos textos son de 1999, por cierto. Por esa época, mientras su fama comenzaba a expandirse por Estados Unidos y el resto del mundo, todo lo que decía Bolaño era sagrado para mí. Por lo que el sueño cortazariano de convertirme en un escritor latinoamericano en París pronto fue sustituido por el sueño bolañesco de ser un escritor latinoamericano en Blanes. Me imaginaba, incluso, muchos años después, dando mi pregón en Blanes, y recordando, por supuesto, a mi ilustre antecesor en el cargo.
De estos delirios precoces me olvidé rápido. Estaba demasiado ocupado siendo un estudiante de Letras de la Universidad Central de Venezuela, un muchacho que veía con más rabia que temor la tormenta que se cernía sobre nosotros. «La vida es la protagonista», dice un verso de Rafael Cadenas. Y en efecto, en aquellos años vi mi propia vida y la del país pasar como un río de piedra y barro que arrasa todo a su paso. Y como irónica guinda, el cumplimiento silencioso de aquellos deseos de adolescencia y primera juventud. Pues terminé viviendo tres años en París y ahora estoy dando el pregón, no de Blanes sino, mucho mejor y con el perdón de los blanenses, de Málaga. De la Feria del Libro de Málaga.
¿Por qué Málaga?, es lo que siempre me preguntaban, recién llegado, a principios de 2019. Lo hacían los propios malagueños, con sincera curiosidad. Que era una forma de preguntar ¿por qué no Madrid o Barcelona? Hoy ya no me lo preguntan. Sí lo hacen los que no viven aquí, pero que al visitar este paraíso me dicen, con un toque de envidia: ¿cómo se te ocurrió venir a vivir aquí? No hay mucho misterio. Después de tres años en París y sabiendo que no quería regresar a Venezuela, busqué un destino que me ofreciera tres o cuatro cosas fundamentales: vivir en España, frente al mar y donde no hubiera invierno y donde, además, hubiera una intensa vida cultural. Todo esto me lo dio Málaga, más una carta bajo la manga con la que yo no contaba y que, en el fondo, es el principal valor de la ciudad: el para nada discreto encanto de los malagueños.
Aún recuerdo a un señor que conocí en la Plaza de la Marina. Yo venía de una agencia inmobiliaria, donde había depositado mi dosier para ver si podía alquilar el que sería el primer apartamento donde viví en Málaga. Al salir de la agencia, cruzando los dedos para que todo fluyera, encontré a este señor, de unos setenta años, paseando a un enorme y hermoso Shit Zu. Por supuesto, me acerqué a saludar al perro, que se llamaba Leo. El dueño se puso a conversar conmigo. Le conté que era de Venezuela. Estaba muy bien informado de lo que pasaba allá y me dijo que en Málaga todos eran recibidos con los brazos abiertos. Salvo los catalanes, agregó. Luego me deseó mucha suerte. Aquella mezcla de hospitalidad y recelo me encantó. Y entonces supe que sí me darían el apartamento, como en efecto sucedió, y que Málaga sería mi ciudad. En los meses siguientes conocí a la señora Pilar, que era la dueña de dos Shit Zu espectaculares que se llamaban Curro y Queca. También conocí a Joaquín y a Eloísa, que fueron mis vecinos en la Alameda de Colón durante cinco años. Y a su pequeña hija María, que hasta ahora no se ha atrevido a acercarse a Xica, mi perrita (también Shit Zu). Y ustedes se preguntarán, ¿a qué viene tanto vecino con o sin Shit Zu en este pregón de la feria del libro de Málaga? Pues a remarcar un hecho que en este mundo postpandémico, digitalizado, de turismofilias y turismofobias, damos por sentado o, peor aún, creemos que ya no existe: el hecho de que, al menos en Málaga, la gente todavía se mira a la cara, se habla, se interesa por el otro, se ayuda. Ese es un síntoma muy alentador del estado del alma de una comunidad. Por supuesto, no quiero decir que no haya problemas, conflictos y contradicciones. Pero esa amable agonía es lo propio de una existencia despierta, a la vez retadora, festiva y dolorosa. Es esa irascible forma de afecto que refleja tan bien el saludo peleón de los malagueños, y que tanto me sorprendió la primera vez que alguien me dijo en la calle: «Rodrigo, ¿qué pasa?». O como aquella vez en un supermercado en que vi a una niña de cuatro años reclamarle a su propia madre al grito de «pero, ¡hija!». Podrá parecer absurdo, pero este tipo de cosas son las que le dicen a un emigrante «tú también eres de aquí». Hay otras que creo que nunca llegaré a entender, como el pavor que los malagueños sienten cuando caen dos gotas de lluvia. O que puedan hacer largas colas, hasta de una hora, para comerse unos churros en el Café Aranda. En todo caso, unas cosas como otras, las comprenda o no, son las que a mí me han ido seduciendo a lo largo de los casi siete años que llevo viviendo en Málaga. Y sé que no soy el único, pues Málaga no solo recibe cantidades ingentes de turistas, nómadas digitales y Start ups, como suelen reivindicar o denunciar tanto los promotores como los impugnadores del actual modelo de ciudad. Málaga es el lugar donde muchos artistas, narradores, poetas y traductores nacidos en otros países y en otras partes de España han decidido instalarse. Cada uno tendrá sus razones y puede que estas no siempre coincidan, pero lo cierto es que estamos aquí y eso dice algo de nosotros, de los malagueños, de la ciudad y de la provincia. Ante ese hecho toca mirarnos a los ojos y recitar los versos de Jaime Gil de Biedma que dicen: «Un destino condujo diestramente/ las horas, y brotó la compañía».
En Málaga la compañía brota no solo de las personas sino también de sus calles, incluso cuando están vacías. Cuando la tristeza de las tardes de domingo ataca –ya que en eso Málaga no es distinta al resto del mundo, pues, salvo en Madrid, los domingos son siempre melancólicos no importa dónde estés–, salgo a caminar y hago mi ruta de librerías, aun a sabiendas de que las encontraré cerradas. Veo las vitrinas, me fijo en alguna novedad interesante, hablo imaginariamente con Noelia, de Rayuela, o con José Antonio, de Luces, o con Enrique, de Áncora, y me regreso a la casa, sin nada en las manos, pero colmado de un rumor de voces que llaman desde la orilla dorada del siguiente día.
Varias veces me he preguntado si estos sentimientos no eran un invento mío. Una leve exageración, como diría Adam Zagajewski, para justificar mi decisión de vivir aquí. Así me debatía hasta que, un buen día, mi padre me escribió. Una de sus primas estaba haciendo al árbol genealógico de la familia y le dijo que la madre de su abuela Lola, también llamada Dolores, su bisabuela, es decir, mi tatarabuela paterna, había nacido en Málaga. Su nombre completo es Dolores Padilla Alcántara y nació el 4 de diciembre de 1866, en la calle de Saavedra. Sus padres fueron Francisco Padilla Muñoz y María Rosario Alcántara. Mi tatarabuela Lola emigró a Venezuela a finales del siglo XIX y allá pasó los últimos cincuenta años de su vida. Murió en Caracas, en 1944.
En esa época, Venezuela estaba en el proceso de convertirse en uno de los países más prósperos de la región. Su desarrollo se hizo a la par de los grandes movimientos migratorios que llevaron a sus costas a miles de europeos que huían de la guerra y el hambre. En nuestro caso, principalmente de España, Italia y Portugal. Fueron esos inmigrantes europeos quienes pusieron la mano de obra para llevar a cabo el proceso de modernización de mi país en los años 50 y 60. Por eso, hay muchas calles y edificios de Málaga o Madrid que me recuerdan con frecuencia a las calles de Caracas.
Con el comienzo del siglo XXI, como ya todos saben, Venezuela entró en una vorágine de autodestrucción que hoy, 25 años después, continúa. Esa tierra que Cristóbal Colón, en su tercer viaje, confundió con el paraíso bíblico se ha convertido en un infierno del cual han escapado en los últimos años más de 8 millones de mis compatriotas. Esta tragedia ha tenido, sin embargo, una consecuencia que para nuestra literatura ha sido positiva, a pesar de todo. Al emigrar, cada escritor venezolano ha cargado consigo las esporas de sus respectivos imaginarios, a partir de los cuales resurgen, como «flores en el abismo», destellos del pasado y de la querencia perdida. Son ya muchos los autores venezolanos que han hecho de España su nuevo hogar conformando capítulo decisivo de lo que es ya una larga historia de las relaciones entre ambas naciones y que tuvo en el Premio Cervantes otorgado al poeta Rafael Cadenas, en 2023, su punto culminante.
Se sabe que todo escritor que insista en su oficio, tarde o temprano recibe algún reconocimiento. Mi primer libro lo publiqué hace 20 años. Desde entonces, he publicado algunos libros más y obtenido uno que otro premio. El que los malagueños me hayan invitado a dar este pregón para inaugurar la feria del libro es, sin duda, una de las gratificaciones más hermosas que me ha dado ser un juntapalabras. Me devuelve a los años de mi adolescencia en que, cual ruleta rusa, soñé y sellé el pacto mefistofélico: vender mi alma, mi país, para poder dedicarme a la literatura. Lo que no sabía es que ese pacto ya estaba firmado mucho antes de que yo naciera, pues estaba escrito en mi sangre que mi vida sería un ir y venir entre Venezuela y España, entre Caracas y Málaga. Esos lugares y tiempos de donde nunca me he podido ir y a donde jamás podré regresar, porque no he dejado nunca de estar y no estar, tanto allá como aquí.
Muchas gracias.





El próximo martes 6/mayo, se publicará mi columna ‘Tierra de Gracia’ en El Nacional. dedicada a Rodrigo Blanco Calderón en su pregón en Málaga.