Óscar Olivares ha llevado su «ecoarte» por el mundo.

En el patio de una escuela de Foggia, al sur de Italia, un abuelo y su nieta se miran fijamente desde una pared cubierta de más de cuarenta mil tapas plásticas de colores. A su alrededor, los tonos de la ciudad y fragmentos de su historia se mezclan en una composición que, a simple vista, parece pintada. Pero al acercarse, el espectador descubre que cada sombra y cada destello han sido ensamblados con piezas que alguna vez fueron desecho.

El autor de esta obra, el venezolano Óscar Olivares (Caracas, 1996), trabaja en silencio bajo el sol italiano. A su lado, voluntarios colocan con precisión una tapa azul junto a otra verde. “Hoy es un día que soñé desde que decidí dedicarme al arte y estudiaba a los grandes artistas del Renacimiento”, escribió en sus redes el día de la inauguración. Esa mezcla de oficio renacentista y conciencia ambiental define su carrera: un intento de reconciliar belleza y sostenibilidad.

En Venezuela, su nombre comenzó a resonar en 2019, cuando levantó en el municipio El Hatillo el primer mural ecológico del país, creado con más de 200.000 tapas recicladas. Aquella experiencia, realizada junto a la organización Conspira y la alcaldía local, se convirtió en el punto de partida de una nueva etapa.

Pero fue en Guatire, en 2022, donde su trabajo adquirió escala nacional. Allí, Olivares y un grupo de más de mil voluntarios reutilizaron casi una tonelada de plástico para crear un mural de 330 metros cuadrados, una de las mayores obras de arte reciclado del mundo.
“Estamos dando el mensaje de que en las cosas sencillas de la vida están ocultas las oportunidades”, dijo el artista durante los trabajos.

La obra —compuesta por figuras tradicionales, guacamayas, frutas y símbolos locales— se convirtió en un punto de encuentro. Durante semanas, vecinos y estudiantes llevaron sus tapas de refrescos para contribuir. Según cifras de la comunidad, se recolectaron más de un millón de piezas plásticas. 

El mural no solo modificó el paisaje urbano; también instaló la práctica del reciclaje en una ciudad que, hasta entonces, no contaba con programas ambientales activos.

Desde 2023, Olivares ha extendido su proyecto a otros países. En México, creó dos murales con motivo del vigésimo aniversario de la empresa Corvaglia, utilizando alrededor de 40.000 tapas. En Italia, además del proyecto en Foggia, completó otro mural en la ciudad de Crotone con 80.000 piezas recolectadas en un año por asociaciones locales.

Su obra más reciente se presentó en Múnich, Alemania, donde usó unas 8.000 tapas. La pieza será trasladada a la sede central del grupo Corvaglia en Suiza, donde permanecerá en exhibición permanente.

En cada país, el proceso es similar: una convocatoria abierta, una comunidad que recolecta tapas durante meses y la posterior instalación, en la que participan voluntarios, artistas y niños. “No se trata solo de arte —explica—, sino de conectar a la gente a través de la creación.

Olivares llama a su práctica ecoarte, pero insiste en que lo ecológico no se limita al material. “El reciclaje más importante es el de las ideas”, dice en una charla en línea para su Academia Olivares, una escuela virtual de dibujo con estudiantes en más de diez países.

En su visión, el arte es una herramienta de cambio, no un lujo. “Cuando la gente se une para crear algo con lo que antes no veía valor, cambia la forma de mirar su entorno”, comentó a Voz de América. Su proceso involucra a comunidades enteras, desde recolectores informales hasta escuelas y empresas. Cada mural, dice, es una metáfora de trabajo colectivo.

Su carrera también ha transitado los espacios institucionales del arte. En 2022, Olivares presentó una obra hecha con plástico reciclado en la Feria de Arte del Carrousel du Louvre, en París, siendo la primera vez que una pieza venezolana de este tipo llegaba a Europa. Ese mismo año participó en la Art Expo de Nueva York, donde fue uno de los expositores más jóvenes.

Entre sus proyectos recientes, destacan también su mural en Aruba, inspirado en los atardeceres del Caribe, y la obra dedicada al Santo Cristo de La Grita, en el estado Táchira, elaborada con 20.000 tapas y la participación de más de 5.000 personas.

Su trabajo ha sido reseñado por EFE, Diario Las Américas, Voz de América y Crónicas del Caribe, y ha sido replicado por noticieros en Europa, Asia y América Latina.

En su taller en Caracas, Olivares conserva algunas tapas guardadas en frascos de vidrio: azules, rojas, verdes. Son restos de obras que ya no le pertenecen. “Siempre hay oportunidades escondidas en cosas simples”, dice, mirando las piezas que antes fueron basura.

A los 29 años, planea continuar su serie de murales ecológicos en América del Sur y Asia. Su trabajo, que comenzó con dibujos de futbolistas cuando era adolescente, se ha convertido en una plataforma de educación ambiental y arte participativo.

“Cada tapa cuenta una historia”, reflexiona. “Y cuando todas se juntan, construyen algo que puede durar más que nosotros.”

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