Karina Sainz Borgo invitada al centenario de la Cuesta de Moyano. mayo 11

La Feria del libro La cuesta de Moyano -nombre original- es una extensa hilera de casetas repletas de libros que se despliega, junto al Jardín Botánico, en la acera de la calle Claudio Moyano (Político liberal español 1809-1890) de Madrid. Un de los lugares emblemáticos de esa ciudad, que este 11 de mayo ha llegado a sus cien años de existencia.

La destacada escritora y periodista Karina Sainz Borgo, residente de Madrid, ha tenido el honor de ser invitada a esta celebración. Aquí sus palabras sobre esta fiesta:

Siempre  es un gusto y un honor verla, señora. Todavía más en esta ocasión.

La cuesta de Moyano cumple hoy 100 años. Valle Inclán la inmortalizó en sus escritos, Umbral se refirió a ella como la calle más leída de Madrid y Vargas Llosa la recorrió buscando libros de Azorín. Bien sujeta al pedestal, una estatua de Pío Baroja la preside, en honor a sus largos paseos a la caza de un buen ejemplar. Con una longitud de casi doscientos metros, debe su nombre a Claudio Moyano, político liberal que consiguió reformar la enseñanza española.

En Moyano se mezclan autores y libros, monárquicos y republicanos, hombres y mujeres, superventas y periféricos, los que suben y los que bajan. Así ha quedado demostrado esta semana, cuando Lara Sánchez, presidenta de la Asociación Soy de la Cuesta —organismo que lucha por la memoria, la intendencia y la dignidad de Moyano— consiguió reunir a en un mismo acto a la reina Letizia, a la presidenta de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso, al alcalde de Madrid José Luis Martínez-Almeida, al ministro de Cultura Ernest Urtasun y a más de treinta de escritores para resaltar un mensaje tan sencillo como contundente: un lugar también es su espíritu.

Hay algo antiguo y remoto en el oficio de quienes mantienen sus casetas. Hijos, nietos y bisnietos de libreros que día a día suben la persiana y colocan en orden sus volúmenes: ediciones Aguilar de Quevedo, Cervantes o Lope encuadernadas en piel; enciclopedias; anuarios e historias de la pintura, también las colecciones Crisol y Crisolín, esos libros enanos con aspecto de misal.

Si hasta parece que la vida es eso que ocurre entre libro y libro cuando los vendedores los cambian de sitio y los limpian con una bayeta. Esa estela, esa presencia y memoria de lo creado y vivido es lo único que distingue. Lo trascendental de Moyano no es su espíritu madrileño, ni siquiera su naturaleza libresca sino esa libérrima y maravillosa facultad de permanecer, de generación en generación, como algo que dota de sentido. Yo no soy de ningún lado —me ha tomado veinte años entenderlo—. No soy de un país, ni de una ciudad. Pero de algo sí que soy: de la cuesta. Feliz centenario a ella y a sus habitantes.
Karina Sainz Borgo.

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